jueves, 5 de noviembre de 2009

Un país ocupado militarmente

En Gara

Luis Nuñez Astrain murió el 1 de noviembre. Pocos días antes, y a pesar de su quebrada salud, fue capaz de dictar a un amigo catalán un largo texto con multitud de sensaciones. El texto fue recogido a mano en catorce folios, que han sido resumidos en este escrito, intentando guardar lo más fielmente posible sus impresiones...

Mi país es un país ocupado militarmente. La ocupación militar vasca arrancó en el siglo XIII con la usurpación del territorio que el poderoso reino castellano arañó incesantemente al navarro. A comienzos del siglo XVI, el reino castellano, muy superior en número y potencia, con una concepción ocupante, expansionista y arrasadora, se abalanzó sobre el pequeño reino navarro restante, seccionando en pedazos su columna vertebral, sus instituciones, sus costumbres y desbaratando su idioma.

Gracias a una bula papal falsificada, los castellanos saquearon, robaron y derribaron Nafarroa, quedándose en propiedad con todo lo incautado. El país fue desarticulado, pese a la resistencia de los navarros. Ésta fue la primera gran ocupación militar española de nuestra tierra vasca.

El Reino de Navarra se hallaba en la órbita del reformismo luterano, era un país culto y desarrollado que fue arrollado por la feroz ley inquisitorial española. La conquista había sido una ocupación militar en toda regla. Un país quedaba conquistado por otro y a sus expensas totalmente. La población sobrevivió como pudo.

En ninguna época posterior cabe hablar de un sometimiento voluntario de la población. La ocupación de Navarra, como todas las ocupaciones militares, contó con abundante ayuda de traidores del propio reino que pensaban sacar ventaja a la sumisión. Todas las ocupaciones militares del mundo corroboran esta situación y nuestro caso no fue una excepción: unos se beneficiaron del ocupante, otros se enriquecieron y los leales fueron reducidos.

Otra gran agresión militar española al país de los vascones lo constituyeron las dos terribles guerras carlistas del siglo XIX que terminaron de derribar y destrozar violentamente los restos forales que habían quedado. Esas dos guerras se produjeron, no por casualidad, en una única zona de la península que fue justamente el país de habla vasca ligeramente extendido. Leyendo los viejos cancioneros carlistas percibimos que, e pesar de lo que se nos ha dicho, la cuestión dinástica apenas tuvo que ver y que lo importante fue la defensa del suelo vasco. Antes había llegado la ocupación revolucionaria burguesa de los territorios vascos al otro lado de la muga.

La siguiente expresión de descontento vasco-navarro frente a la negación militar castellana se denominó «Gamazada». Luego vinieron otras. La guerra civil de 1936 se produjo en nombre de otros valores diferentes en apariencia a los de los carlistas. Fue una contienda en defensa de los valores democráticos occidentales: las libertades individuales, locales y colectivas. De nuevo, la contradicción: se lucha por el mantenimiento de la personalidad vasca, sus usos y costumbres. Ante la fiereza de la justicia española, los propios vascos fuimos bajando las persianas, acostumbrándonos a la nueva luz que no era la nuestra, unas veces por terror puro, otras por conveniencias egoístas, otras incluso por culpabilidad inducida. La penúltima gran ocupación militar de Euskal Herria fue tan feroz, contundente y despiadada como las anteriores y la constituyó la entrada de la burguesía española para terminar de arrasar los vestigios vascos.

El último ejemplo termina por rematar y evidenciar la supuesta contradicción: desde los años 60, un movimiento socialista revolucionario con eslóganes y objetivos aparentemente distintos vuelve a aparecer en el País Vasco para retomar de nuevo la defensa de la personalidad vasca. Las palabras utilizadas no son lo importante. Lo significativo es la defensa de la tierra frente a la ocupación militar extranjera.

En el pueblo vasco ha funcionado una especie de inconsciente colectivo defensivo y radical, consistente en el apego a los usos y costumbres del país: sus instituciones, sus hábitos de vida, su sentido del humor, del trabajo, del deporte, de la lealtad, de la palabra dada.

Durante la transición, en la izquierda abertzale pecamos alocadamente de triunfalismo desbordante mientras que el PNV pecó, igualmente, de posibilismo senil. Entre lo uno y lo otro se impidió una excelente entente posible. Este punto general se plasmó de la peor manera posible en el terreno del euskara. Bajo ningún concepto debió tolerar ningún vasco que la lengua del país fuese innecesaria en su propio país, al tiempo que otra tuviese carácter obligatorio. Es posible que el porvenir de la lengua vasca esté sujeto a la independencia del país y es posible que no. Lo que es absolutamente seguro es que, si la lengua vasca no goza en su tierra de un estatus similar al de las lenguas belgas y suizas, se diluirá en el tiempo. Me duele la situación del euskara. Una lengua viva requiere un territorio donde sea necesaria.

El contundente éxito de España ha dejado triturado y desestructurado nuestro viejo país. Los últimos frentes nacionales españoles, establecidos recientemente, quieren manifestar el canto del gallo de la victoria final. Me viene a la cabeza la frase de un piloto americano en Vietnam que contaba alegremente que cuando se levantaba a mear de noche y encontraba cucarachas por el camino, las iba pisoteando, como si fueran «charlis», y que a la mañana siguiente se pasaba al suelo la fregona y allí ya no quedaba nada.

Los mandos españoles creen que se encuentran en esa situación. Como en Vietnam. Nuestro país ha sufrido las feroces represiones militares descritas, pero jamás recordamos haber sentido el nivel de aniquilamiento y trituración que estamos percibiendo ahora. En términos sociales parece imposible llegar más bajo. Pero la población vasca existe, lo parezca o no, y el ciclo no se ha terminado.

A esta ocupación militar española se le está terminando el tiempo vasco de la sístole. Las estrellas se expanden y se contraen. Estamos al final de la sístole. Numerosos detalles y fenómenos sociales, algunos insólitos y novedosos, apuntan a que empieza el tiempo de diástole. El tiempo de las concesiones, de las discusiones, de los argumentos de la política está hartando a toda la población, que no ve sino intolerancia, imposición, incomprensión, fuerza por todas partes y falta de un porvenir abierto y compartido.

Muy lentamente, la diástole se irá afirmando de un modo acompasado y contundente, volviendo a configurar la nación vasca en torno a su territorio y a su idioma. El proceso deberá ser lento y muy diferente de los conocidos hasta ahora, y el punto de partida seguirá siendo el pueblo y la piedra. Desde aquí, cada uno habremos de pulir pacientemente la piedra bruta sin decir al vecino cómo debe hacer lo suyo. Y ese tallado multiforme de piedras individuales y colectivas irá creando la nueva diástole de Euskal Herria.

La presente tesis de Euskal Herria como país ocupado militarmente debe ser discutida, como es obvio, pero sus ejes centrales son incuestionables, como la piedra. Cabe discutirlos, cabe seguir bajando las persianas, cabe añadir adjetivos y argumentos, pero la parte sustancial es de piedra y hierro, incuestionable.

No se puede eludir, ante la vergonzosa situación actual, realmente límite, el homenaje más generoso a cuantos han defendido los valores del país por caminos de todo tipo, no siempre, por desgracia, acertadamente. La generosidad con su país y el amor hacia él de cualquier activista en cualquier actividad defensiva de una patria negada y ocupada es muy superior al que muestra cualquier político español por la suya propia. Se debe decir esto tanto de los presos políticos vascos como cabría haberlo dicho de los bravos irlandeses, pero se refiere por igual a cuantas actuaciones de arte y cultura se han hecho contra viento y marea y con tanto sacrificio. Ni este homenaje elude responsabilidades evidentes ni desprecia por un instante a las numerosísimas personas indebidamente perjudicadas que merecen igualmente todo nuestro apoyo.

Las nuevas piedras que se han de ir puliendo en este nuevo impulso libertario de la diástole que empieza a abrirse, irán enlazando relaciones respetuosas y solidarias con todas las personas que vivan aquí con nosotros, sin odios, sin imposiciones y sin aplastamiento de nadie. Los partidos de hierro, armados o no, han acabado su sístole. El proceso de la construcción paciente de la independencia es el que va construyendo el sujeto mismo de la independencia.

Porque ésta es nuestra tierra.

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